sábado, 21 de marzo de 2015

Creo que me estoy enamorando.

Y me da coraje.
O sea, ¿por qué siempre me tengo que fijar en gente que no me conviene?
Y es que todo el mundo sabe decir cosas bonitas. Todo el mundo sabe encandilar. Y yo soy muy de dejarme llevar.
Y no.
No, no y no.
O sea, ¿qué tiene? Si en un principio no tenía nada que me atrajera, si no era para mi, ¡si ni siquiera era mi tipo!
¿Por qué tiene que tratarme tan bien y buscarme tanto? ¿Por qué tiene que escribirme cuando no está sólo y tener conmigo esas conversaciones de "completa sinceridad" que no me termino de creer?
¿Por qué tengo que estar enamorándome de una persona que, probablemente, me regale más desvelos que veladas, más problemas que soluciones?
No, Helena, recula. Ve hacia atrás, vuelve al "ni de coña" y sigue con tu sencilla felicidad del "soltera me quito de problemas" con la que tan bien estabas.
Pero, joder, me abraza de una forma... Y estoy tan a gusto entre sus brazos... Y me cuida, y me mima, y se preocupa por mi... Y es tan particular... Con sus altas dosis de café, sus golpecitos en la mesa, su fijación por derramarlo todo. Sus expresiones tan, tan suyas, y su forma de cantar siempre la misma frase al terminar una intensa jornada de trabajo. Y su puñetera manía de no dejar el móvil mientras conduce que me aterra, pero que si no tuviera, no sería él.
Y su nuevo pelo corto, que tan bien le queda, acompañado de esos días de llevar chándal. Y mira que siempre he odiado el chándal, pero quizá sea eso lo que después me hace apreciar lo bien que pueden llegar a quedarle unos pantalones vaqueros.
Arg, odio esto.
No me quiero enamorar.
No quiero unirme a nadie de una forma sentimental.
Y no quiero, no quiero y no quiero, enamorarme de él.
No quiero.